Copia del 1995 libro "Inteligencia Emocional" de Daniel Goleman
Tengo aquí una copia libro que hizo famoso a Daniel Goleman y en el que presentó la idea de inteligencia emocional al mundo. El libro fue publicado en 1995 y ahora sabemos que hay muchos problemas con lo que escribió Goleman. Más adelante voy a escribir sobre estos problemas y mis críticas de Goleman y el libro. Hasta entonces, puedes leer mi pagina en inglés sobre Goleman y traducirlo a español con Google, si deseas. Aqui hay un poco de mi crítica en español.
S. Hein
Argentina
Enero, 2006
| El Desafío de
Aristoteles Capítulo 1 - ¿Para qué sirven las emociones? Capítulo 2 - Anatomía de un secuestro emocional Capítulo 3 - Cuando el listo es tonto Capítulo 4 - Conócote a ti mismo Capítulo 5 - Esclavos de la pasión Capítulo 6 - La aptitud maestra Capítulo 7 - Las raices de la empatía Capítulo 8 - Las artes sociales |
Capítulo
9 - Enemigos íntimos Capítulo 10 - Ejecutivos con corazón Capítulo 11 - La mente y la medicina Capítulo 12 - El crisol familiar Capítulo 13 - Trauma y re-educacción emocional Capítulo 14 - El temperamento no es el destino Capítulo 15 - El coste del analfabetismo emocional Capítulo 16 - La escolarización de las emociones
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Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.
Aristóteles, Ética a Nicómaco.
Era una bochornosa tarde de agosto en la ciudad de Nueva York.
Uno de esos días asfixiantes que hacen que la gente se sienta
nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a mi hotel, tomé
un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al vehículo,
me impresionó la cálida bienvenida del conductor, un hombre de
raza negra de mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una sonrisa
entusiasta, que me obsequió con un amistoso «¡Hola! ¿Cómo
está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros que
subían al autobús mientras éste iba serpenteando por entre el
denso tráfico del centro de la ciudad. Pero, aunque todos los
pasajeros eran recibidos con idéntica amabilidad, el sofocante
clima del día parecía afectarles hasta el punto de que muy
pocos le devolvían el saludo.
No obstante, a medida que el autobús reptaba pesadamente a
través del laberinto urbano, iba teniendo lugar una lenta y
mágica transformación. El conductor inició, en voz alta, un
diálogo consigo mismo, dirigido a todos los viajeros, en el que
iba comentando generosamente las escenas que desfilaban ante
nuestros ojos: rebajas en esos grandes almacenes, una hermosa
exposición en aquel museo y qué decir de la película recién
estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidente
satisfacción que le producía hablarnos de las múltiples
alternativas que ofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez
que un pasajero llegaba al final de su trayecto y descendía del
vehículo, parecía haberse sacudido de encima el halo de
irritación con el que subiera y, cuando el conductor le
despedía con un «¡Hasta la vista! ¡Que tenga un buen día!»,
todos respondían con una abierta sonrisa.
El recuerdo de aquel encuentro ha permanecido conmigo durante
casi veinte años. Aquel día acababa de doctorarme en
psicología, pero la psicología de entonces prestaba poca o
ninguna atención a la forma en que tienen lugar estas
transformaciones.
La ciencia psicológica sabía muy poco si es que sabía
algo sobre los mecanismos de la emoción. Y, a pesar de
todo, no cabe la menor duda de que el conductor de aquel autobús
era el epicentro de una contagiosa oleada de buenos sentimientos
que, a traves de sus pasajeros, se extendía por toda la ciudad.
Aquel conductor era un conciliador nato, una especie de mago que
tenía el poder de conjurar el nerviosismo y el mal humor que
atenazaban a sus pasajeros, ablandando y abriendo un poco sus
corazones.
Veamos ahora el marcado contraste que nos ofrecen algunas
noticias recogidas en los periódicos de la última semana:
En una escuela local, un niño de nueve años, aquejado de un
acceso de violencia porque unos compañeros de tercer curso le
habían llamado «mocoso», vertió pintura sobre pupitres,
ordenadores e impresoras y destruyó un automóvil que se hallaba
estacionado en el aparcamiento.
Ocho jóvenes resultan heridos a causa de un incidente ocurrido
cuando una multitud de adolescentes se apiñaban en la puerta de
entrada de un club de rap de Manhattan. El incidente, que se
inició con una serie de empujones, llevó a uno de los
implicados a disparar sobre la multitud con un revólver de
calibre 38. El periodista subraya el aumento alarmante de estas
reacciones desproporcionadas ante situaciones nimias que se
interpretan como faltas de respeto.
Según un informe, el cincuenta y siete por ciento de los
asesinatos de menores de doce años fueron cometidos por sus
padres o padrastros. En casi la mitad de los casos, los padres
trataron de justificar su conducta aduciendo que «lo único que
deseaban era castigar al pequeño». Cuya falta, la mayoría de
las veces, había consistido en una «infracción» tan grave
como ponerse delante del televisor, gritar o ensuciar los
pañales.
Un joven alemán es juzgado por provocar un incendio que
terminó con la vida de cinco mujeres y niñas de origen turco
mientras éstas dormían. El joven, integrante de un grupo
neonazi, trató de disculpar su conducta aludiendo a su
inestabilidad laboral, a sus problemas con el alcohol y a su
creencia de que los culpables de su mala fortuna eran los
extranjeros. Y, con un hilo de voz apenas audible, concluyó su
declaración diciendo «Me arrepentiré toda la vida. Estoy
profundamente avergonzado de lo que hicimos».
A diario, los periódicos nos acosan con noticias que hablan del
aumento de la inseguridad y de la degradación de la vida
ciudadana. Fruto de una irrupción descontrolada de los impulsos.
Pero este tipo de noticias simplemente nos devuelve la imagen
ampliada de la creciente pérdida de control sobre las emociones
que tiene lugar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos
rodean. Nadie permanece a salvo de esta marea errática de
arrebatos y arrepentimientos que, de una manera u otra, acaba
salpicando toda nuestra vida.
En la última década hemos asistido a un bombardeo constante de
este tipo de noticias que constituye el fiel reflejo de nuestro
grado de torpeza emocional, de nuestra desesperación y de la
insensatez de nuestra familia, de nuestra comunidad y, en suma,
de toda nuestra sociedad. Estos años constituyen la apretada
crónica de la rabia y la desesperación galopantes que bullen en
la callada soledad de unos niños cuya madre trabajadora los deja
con la televisión como única niñera, en el sufrimiento de los
niños abandonados, descuidados o que han sido víctimas de
abusos sexuales y en la mezquina intimidad de la violencia
conyugal. Este malestar emocional también es el causante del
alarmante incremento de la depresión en todo el mundo y de las
secuelas que lo deja tras de sí la inquietante oleada de la
violencia: escolares armados, accidentes automovilísticos que
terminan a tiros, parados resentidos que masacran a sus antiguos
compañeros de trabajo, etcétera. Abuso emocional, heridas de
bala y estrés postraumático son expresiones que han llegado a
formar parte del léxico familiar de la última década, al igual
que el moderno cambio de eslogan desde el jovial «¡Que tenga un
buen día!» a la suspicacia del «¡Hazme tener un buen día!».
Este libro constituye una guía para dar sentido a lo
aparentemente absurdo. En mi trabajo como psicólogo y en
la última década como periodista del New York Times, he
tenido la oportunidad de asistir a la evolución de nuestra
comprensión científica del dominio de lo irracional. Desde esta
privilegiada posición he podido constatar la existencia de dos
tendencias contrapuestas, una que refleja la creciente calamidad
de nuestra vida emocional y la otra que nos parece brindarnos
algunas soluciones sumamente esperanzadoras.
¿POR QUÉ ESTA INVESTIGACION AHORA?
A pesar de la abundancia de malas noticias, durante la última
década hemos asistido a una eclosión sin precedentes de
investigaciones científicas sobre la emoción, uno de cuyos
ejemplos más elocuentes ha sido el poder llegar a vislumbrar el
funcionamiento del cerebro gracias a la innovadora tecnología
del escáner cerebral. Estos nuevos medios tecnológicos han
desvelado por vez primera en la historia humana uno de los
misterios más profundos: el funcionamiento exacto de esa
intrincada masa de células mientras estamos pensando, sintiendo,
imaginando o soñando.
Este aporte de datos neurobiológicos nos permite comprender con
mayor claridad que nunca la manera en que los centros emocionales
del cerebro nos incitan a la rabia o al llanto, el modo en que
sus regiones más arcaicas nos arrastran a la guerra o al amor y
la forma en que podemos canalizarlas hacia el bien o hacia el
mal.
Esta comprensión desconocida hasta hace muy poco de
la actividad emocional y de sus deficiencias pone a nuestro
alcance nuevas soluciones para remediar la crisis emocional
colectiva.
Para escribir este libro he tenido que aguardar a que la cosecha
de la ciencia fuera lo suficientemente fructífera. Este
conocimiento ha tardado tanto en llegar porque, durante muchos
años, la investigación ha soslayado el papel desempeñado por
los sentimientos en la vida mental, dejando que las emociones
fueran convirtiéndose en el gran continente inexplorado de la
psicología científica. Y todo este vacío ha propiciado la
aparición de un torrente de libros de autoayuda llenos de
consejos bien intencionados, aunque basados, en el mejor de los
casos, en opiniones clínicas con muy poco fundamento
científico, si es que poseen alguno. Pero hoy en día la ciencia
se halla, por fin, en condiciones de hablar con autoridad de las
cuestiones más apremiantes y contradictorias relativas a los
aspectos más irracionales del psiquismo y de cartografiar, con
cierta precisión, el corazón del ser humano.
Esta tarea constituye un auténtico desafío para quienes
suscriben una visión estrecha de la inteligencia y aseguran que
el CI (CI: coeficiente o cociente intelectual) es un dato
genético que no puede ser modificado por la experiencia vital y
que el destino de nuestras vidas se halla, en buena medida,
determinado por esta
aptitud. Pero este argumento pasa por alto una cuestión
decisiva: ¿qué cambios podemos llevar a cabo para que a
nuestros hijos les vaya bien en la vida? ¿Qué factores entran
en juego, por ejemplo, cuando personas con un elevado CI no saben
qué hacer mientras que otras, con un modesto, o incluso con un
bajo CI, lo hacen sorprendentemente bien? Mi tesis es que esta
diferencia radica con mucha frecuencia en el conjunto de
habilidades que hemos dado en llamar inteligencia emocional,
habilidades entre las que destacan el autocontrol, el entusiasmo,
la perseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo. Y
todas estas capacidades, como podremos comprobar, pueden
enseñarse a los niños, brindándoles así la oportunidad de
sacar el mejor rendimiento posible al potencial intelectual que
les haya correspondido en la lotería genética.
Más allá de esta posibilidad puede entreverse un ineludible
imperativo moral. Vivimos en una época en la que el entramado de
nuestra sociedad parece descomponerse aceleradamente, una época
en la que el egoísmo, la violencia y la mezquindad espiritual
parecen socavar la bondad de nuestra vida colectiva. De ahí la
importancia de la inteligencia emocional, porque constituye el
vínculo entre los sentimientos, el carácter y los impulsos
morales. Además, existe la creciente evidencia de que las
actitudes éticas fundamentales que adoptamos en la vida se
asientan en las capacidades emocionales subyacentes. Hay que
tener en cuenta que el impulso es el vehículo de la emoción y
que la semilla de todo impulso es un sentimiento expansivo que
busca expresarse en la acción. Podríamos decir que quienes se
hallan a merced de sus impulsos quienes carecen de
autocontrol adolecen de una deficiencia moral porque la
capacidad de controlar los impulsos constituye el fundamento
mismo de la voluntad y del carácter.
Por el mismo motivo, la raíz del altruismo radica en la
empatía, en la habilidad para comprender las emociones de los
demás y es por ello por lo que la falta de sensibilidad hacia
las necesidades o la desesperación ajenas es una muestra patente
de falta de consideración. Y si existen dos actitudes morales
que nuestro tiempo necesita con urgencia son el autocontrol y el
altruismo.
NUESTRO VIAJE
El presente libro constituye una guía para conocer todas esas
visiones científicas sobre la emoción, un viaje cuyo objetivo
es proporcionarnos una mejor comprensión de una de las facetas
más desconcertantes de nuestra vida y del mundo que nos rodea.
La meta de nuestro viaje consiste en llegar a comprender el
significado y el modo de dotar de inteligencia a la
emoción, una comprensión que, en sí misma, puede servirnos de
gran ayuda, porque el hecho de tomar conciencia del dominio de
los sentimientos puede tener un efecto similar al que provoca un
observador en el mundo de la física cuántica, es decir,
transformar el objeto de observación.
Nuestro viaje se inicia en la primera parte con una revisión de
los descubrimientos más recientes sobre la arquitectura
emocional del cerebro que nos explica una de las coyunturas más
desconcertantes de nuestra vida, aquélla en que nuestra razón
se ve desbordada por el sentimiento. Llegar a comprender la
interacción de las diferentes estructuras cerebrales que
gobiernan nuestras iras y nuestros temores o nuestras
pasiones y nuestras alegrías puede enseñarnos mucho sobre
la forma en que aprendemos los hábitos emocionales que socavan
nuestras mejores intenciones, así como también puede mostrarnos
el mejor camino para llegar a dominar los impulsos emocionales
más destructivos y frustrantes. Y, lo que es aún más
importante, todos estos datos neurológicos dejan una puerta
abierta a la posibilidad de modelar los hábitos emocionales de
nuestros hijos.
En la segunda parte, la siguiente parada importante de nuestro
recorrido, examinaremos el papel que desempeñan los datos
neurológicos en esa aptitud vital básica que denominamos
inteligencia emoc ional, esa disposición que nos permite, por
ejemplo, tomar las riendas de nuestros impulsos emocionales,
comprender los sentimientos más profundos de nuestros
semejantes, manejar amablemente nuestras relaciones o desarrollar
lo que Aristóteles denominara la infrecuente capacidad de
«enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el
momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto».
(Aquellos lectores que no se sientan atraídos por los detalles
neurológicos tal vez quieran comenzar el libro directamente por
este capítulo).
Este modelo ampliado de lo que significa «ser inteligente»
otorga a las emociones un papel central en el conjunto de
aptitudes necesarias para vivir. En la tercera parte examinamos
algunas de las diferencias fundamentales originadas por este tipo
de aptitudes: cómo pueden ayudarnos, por ejemplo, a cuidar
nuestras relaciones más preciadas o cómo, por el contrario, su
ausencia puede llegar a destruirlas; cómo las fuerzas
económicas que modelan nuestra vida laboral están poniendo un
énfasis sin precedentes en estimular la inteligencia emocional
para alcanzar el éxito laboral; cómo las emociones tóxicas
pueden llegar a ser tan
peligrosas para nuestra salud física como fumar varios
paquetes de tabaco al día y cómo, por último, el equilibrio
emocional contribuye, por el contrario, a proteger nuestra salud
y nuestro bienestar.
La herencia genética nos ha dotado de un bagaje emocional que
determina nuestro temperamento, pero los circuitos cerebrales
implicados en la actividad emocional son tan extraordinariamente
maleables que no podemos afirmar que el carácter determine
nuestro destino. Como muestra la cuarta parte de nuestro libro,
las lecciones emocionales que aprendimos en casa y en la escuela
durante la niñez modelan estos circuitos emocionales
tornándonos más aptos o más ineptos en el manejo
de los principios que rigen la inteligencia emocional. En este
sentido, la infancia y la adolescencia constituyen una auténtica
oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales
que gobernarán el resto de nuestras vidas.
La quinta parte explora cuál es la suerte que aguarda a aquellas
personas que, en su camino hacia la madurez, no logran controlar
su mundo emocional y de qué modo las deficiencias de la
inteligencia emocional aumentan el abanico de posibles riesgos,
riesgos que van desde la depresión hasta una vida llena de
violencia, pasando por los trastornos alimentarios y el abuso de
las drogas.
Esta parte también documenta extensamente los esfuerzos
realizados en este sentido por ciertas escuelas pioneras que se
dedican a enseñar a los niños las habilidades emocionales y
sociales necesarias para mantener encarriladas sus vidas.
El conjunto de datos más inquietantes de todo el libro tal vez
sea el que nos habla de la investigación llevada a cabo entre
padres y profesores y que demuestra el aumento de la tendencia en
la presente generación infantil al aislamiento, la depresión,
la ira, la falta de disciplina, el nerviosismo, la ansiedad, la
impulsividad y la agresividad, un aumento, en suma, de los
problemas emocionales.
Si existe una solución, ésta debe pasar necesariamente, en mi
opinión, por la forma en que preparamos a nuestros jóvenes para
la vida. En la actualidad dejamos al azar la educación emocional
de nuestros hijos con consecuencias más que desastrosas. Como ya
he dicho, una posible solución consistiría en forjar una nueva
visión acerca del papel que deben desempeñar las escuelas en la
educación integral del estudiante, reconciliando en las aulas a
la mente y al corazón. Nuestro viaje concluye con una visita a
algunas escuelas innovadoras que tratan de enseñar a los niños
los principios fundamentales de la inteligencia emocional.
Quisiera imaginar que, algún día, la educación incluirá en su
programa de estudios la enseñanza de habilidades tan
esencialmente humanas como el autoconocimiento, el autocontrol,
la empatía y el arte de escuchar, resolver conflictos y
colaborar con los demás.
En su Ética a Nicómaco. Aristóteles realiza una indagación
filosófica sobre la virtud, el carácter y la felicidad,
desafiándonos a gobernar inteligentemente nuestra vida
emocional. Nuestras pasiones pueden abocar al fracaso con suma
facilidad y. de hecho, así ocurre en multitud de ocasiones; pero
cuando se hallan bien adiestradas, nos proporcionan sabiduría y
sirven de guía a nuestros pensamientos, valores y supervivencia.
Pero, como dijo Aristóteles, el problema no radica en las
emociones en sí sino en su conveniencia y en la oportunidad de
su expresión. La cuestión esencial es: ¿de qué modo podremos
aportar más inteligencia a nuestras emociones, más civismo a
nuestras calles y más afecto a nuestra vida social?
PARTE I
EL CEREBRO EMOCIONAL
1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES?
Sólo se puede ver correctamente con el corazón; lo esencial permanece invisible para el ojo.
Antoine de Saint-Exupéry, El principito
Ahora, los últimos momentos de las vidas de Gary y Mary Jane
Chauncey, un matrimonio completamente entregado a Andrea, su hija
de once años, a quien una parálisis cerebral terminó
confinando a una silla de ruedas. Los Chauncey viajaban en el
tren anfibio que se precipitó a un río de la región pantanosa
de Louisiana después de que una barcaza chocara contra el puente
del ferrocarril y lo semidestruyera. Pensando exclusivamente en
su hija Andrea, el matrimonio hizo todo lo posible por salvarla
mientras el tren iba sumergiéndose en el agua y se las
arreglaron, de algún modo, para sacarla a través de una
ventanilla y ponerla a salvo en manos del equipo de rescate.
Instantes después, el vagón terminó sumergiéndose en las
profundidades y ambos perecieron. La historia de Andrea, la
historia de unos padres cuyo postrero acto de heroísmo fue el de
garantizar la supervivencia de su hija, refleja unos instantes de
un valor casi épico. No cabe la menor duda de que este tipo de
episodios se habrá repetido en innumerables ocasiones a lo largo
de la prehistoria y la historia de la humanidad, por no mencionar
las veces que habrá ocurrido algo similar en el dilatado curso
de la evolución. Desde el punto de vista de la biología
evolucionista, la autoinmolación parental está al servicio del
«éxito reproductivo» que supone transmitir los genes a las
generaciones futuras, pero considerado desde la perspectiva de
unos padres que deben tomar una decisión desesperada en una
situación limite, no existe más motivación que el amor.
Este ejemplar acto de heroísmo parental, que nos permite
comprender el poder y el objetivo de las emociones, constituye un
testimonio claro del papel desempeñado por el amor altruista
y por cualquier otra emoción que sintamos en la vida
de los seres humanos. De hecho, nuestros sentimientos, nuestras
aspiraciones y nuestros anhelos más profundos constituyen puntos
de referencia ineludibles y nuestra especie debe gran parte de su
existencia a la decisiva influencia de las emociones en los
asuntos humanos. El poder de las emociones es extraordinario,
sólo un amor poderoso la urgencia por salvar al hijo
amado, por ejemplo puede llevar a unos padres a ir más
allá de su propio instinto de supervivencia individual. Desde el
punto de vista del intelecto, se trata de un sacrificio
indiscutiblemente irracional pero, visto desde el corazón,
constituye la única elección posible.
Cuando los sociobiólogos buscan una explicación al relevante
papel que la evolución ha asignado a las emociones en el
psiquismo humano, no dudan en destacar la preponderancia del
corazón sobre la cabeza en los momentos realmente cruciales. Son
las emociones afirman las que nos permiten afrontar
situaciones demasiado difíciles el riesgo, las pérdidas
irreparables, la persistencia en el logro de un objetivo a pesar
de las frustraciones, la relación de pareja, la creación de una
familia, etcétera como para ser resueltas exclusivamente
con el intelecto. Cada emoción nos predispone de un modo
diferente a la acción; cada una de ellas nos señala una
dirección que, en el pasado, permitió resolver adecuadamente
los innumerables desafíos a que se ha visto sometida la
existencia humana. En este sentido, nuestro bagaje emocional
tiene un extraordinario valor de supervivencia y esta importancia
se ve confirmada por el hecho de que las emociones han terminado
integrándose en el sistema nervioso en forma de tendencias
innatas y automáticas de nuestro corazón.
Cualquier concepción de la naturaleza humana que soslaye el
poder de las emociones pecará de una lamentable miopía. De
hecho, a la luz de las recientes pruebas que nos ofrece la
ciencia sobre el papel desempeñado por las emociones en nuestra
vida, hasta el mismo término homo sapiens la especie
pensante resulta un tanto equivoco. Todos sabemos por
experiencia propia que nuestras decisiones y nuestras acciones
dependen tanto y a veces más de nuestros
sentimientos como de nuestros pensamientos. Hemos sobrevalorado
la importancia de los aspectos puramente racionales (de todo lo
que mide el CI) para la existencia humana pero, para bien o para
mal, en aquellos momentos en que nos vemos arrastrados por las
emociones, nuestra inteligencia se ve francamente desbordada.
CUANDO LA PASION DESBORDA A LA RAZON
Fue una terrible tragedia. Matilda Crabtree, una niña de catorce
años, quería gastar una broma a sus padres y se ocultó dentro
de un armario para asustarles cuando éstos, después de visitar
a unos amigos, volvieran a casa pasada la medianoche.
Pero Bobby Crabtree y su esposa creían que Matilda iba a pasar
la noche en casa de una amiga. Por ello cuando, al regresar a su
hogar, oyeron ruidos. Crabtree no dudó en coger su pistola,
dirigirse al dormitorio de Matilda para averiguar lo que ocurría
y dispararle a bocajarro en el cuello apenas ésta salió
gritando por sorpresa del interior del armario. Doce horas más
tarde, Matilda Crabtree fallecía. El miedo que nos lleva a
proteger del peligro a nuestra familia constituye uno de los
legados emocionales con que nos ha dotado la evolución. El miedo
fue precisamente el que empujó a Bobby Crabtree a coger su
pistola y buscar al intruso que creía que merodeaba por su casa.
Pero aquel mismo miedo fue también el que le llevó a disparar
antes de que pudiera percatarse de cuál era el blanco, antes
incluso de que pudiera reconocer la voz de su propia hija. Según
afirman los biólogos evolucionistas, este tipo de reacciones
automáticas ha terminado inscribiéndose en nuestro sistema
nervioso porque sirvió para garantizar la vida durante un
periodo largo y decisivo de la prehistoria humana y, más
importante todavía, porque cumplió con la principal tarea de la
evolución, perpetuar las mismas predisposiciones genéticas en
la progenie. Sin embargo, a la vista de la tragedia ocurrida en
el hogar de los Crabtree, todo esto no deja de ser una triste
ironía.
Pero, si bien las emociones han sido sabias referencias a lo
largo del proceso evolutivo, las nuevas realidades que nos
presenta la civilización moderna surgen a una velocidad tal que
deja atrás al lento paso de la evolución. Las primeras leyes y
códigos éticos -el código de Hammurabi, los diez mandamientos
del Antiguo Testamento o los edictos del emperador Ashoka
deben considerarse como intentos de refrenar, someter y
domesticar la vida emocional puesto que, como ya explicaba Freud
en El malestar de la cultura, la sociedad se ha visto obligada a
imponer normas externas destinadas a contener la desbordante
marea de los excesos emocionales que brotan del interior del
individuo.
No obstante, a pesar de todas las limitaciones impuestas por la
sociedad, la razón se ve desbordada de tanto en tanto por la
pasión, un imponderable de la naturaleza humana cuyo origen se
asienta en la arquitectura misma de nuestra vida mental. El
diseño biológico de los circuitos nerviosos emocionales
básicos con el que nacemos no lleva cinco ni cincuenta, sino
cincuenta mil generaciones demostrando su eficacia. Las lentas y
deliberadas fuerzas evolutivas que han ido modelando nuestra vida
emocional han tardado cerca de un millón de años en llevar a
cabo su cometido, y de éstos, los últimos diez mil a
pesar de haber asistido a una vertiginosa explosión demográfica
que ha elevado la población humana desde cinco hasta cinco mil
millones de personas han tenido una escasa repercusión en
las pautas biológicas que determinan nuestra vida emocional.
Para bien o para mal, nuestras valoraciones y nuestras reacciones
ante cualquier encuentro interpersonal no son el fruto exclusivo
de un juicio exclusivamente racional o de nuestra historia
personal, sino que también parecen arraigarse en nuestro remoto
pasado ancestral. Y ello implica necesariamente la presencia de
ciertas tendencias que, en algunas ocasiones como ocurrió,
por ejemplo, en el lamentable incidente acaecido en el hogar de
los Crabtree, pueden resultar ciertamente trágicas. Con
demasiada frecuencia, en suma, nos vemos obligados a afrontar los
retos que nos presenta el mundo postmoderno con recursos
emocionales adaptados a las necesidades del pleistoceno. Éste,
precisamente, es el tema fundamental sobre el que versa nuestro
libro.
Impulsos para la acción
Un día de comienzos de primavera, yo me hallaba atravesando un
puerto de montaña de una carretera de Colorado cuando, de
pronto, mi vehículo se vio atrapado en una ventisca. La cegadora
blancura del remolino de nieve era tal que, por más que
entornara la mirada, no podía ver absolutamente nada. Disminuí
entonces la velocidad mientras la ansiedad se apoderaba de mi
cuerpo y podía escuchar con claridad los latidos de mi corazón.
Pero la ansiedad terminó convirtiéndose en miedo y entonces
detuve mi coche a un lado de la calzada dispuesto a esperar a que
amainase la tormenta. Media hora más tarde dejó de nevar, la
visibilidad volvió y pude proseguir mi viaje. Unos pocos
centenares de metros más abajo, sin embargo, me vi obligado a
detenerme de nuevo porque dos vehículos que habían colisionado
bloqueaban la carretera mientras el equipo de una ambulancia
auxiliaba a uno de los pasajeros. De haber seguido adelante en
medio de la tormenta, es muy probable que yo también hubiera
chocado con ellos.
Tal vez aquel día el miedo me salvara la vida. Como un conejo
paralizado de terror ante las huellas de un zorro o como un
protomamifero ocultándose de la mirada de un dinosaurio me
vi arrastrado por un estado interior que me obligó a detenerme,
prestar atención y tomar conciencia de la proximidad del
peligro.
Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a
actuar, programas de reacción automática con los que nos ha
dotado la evolución. La misma raíz etimológica de la palabra
emoción proviene del verbo latino movere (que significa
«moverse») más el prefijo «e-», significando algo así como
«movimiento hacia» y sugiriendo, de ese modo, que en toda
emoción hay implícita una tendencia a la acción. Basta con
observar a los niños o a los animales para darnos cuenta de que
las emociones conducen a la acción; es sólo en el mundo
«civilizado» de los adultos en donde nos encontramos con esa
extraña anomalía del reino animal en la que las emociones
los impulsos básicos que nos incitan a actuar
parecen hallarse divorciadas de las reacciones.
La distinta impronta biológica propia de cada emoción evidencia
que cada una de ellas desempeña un papel único en nuestro
repertorio emocional (véase el apéndice A para mayores detalles
sobre las emociones «básicas»). La aparición de nuevos
métodos para profundizar en el estudio del cuerpo y del cerebro
confirma cada vez con mayor detalle la forma en que cada emoción
predispone al cuerpo a un tipo diferente de respuesta.
El enojo aumenta el flujo sanguíneo a las manos, haciendo más
fácil empuñar un arma o golpear a un enemigo; también aumenta
el ritmo cardiaco y la tasa de hormonas que, como la adrenalina,
generan la cantidad de energía necesaria para acometer acciones
vigorosas.
En el caso del miedo, la sangre se retira del rostro (lo que
explica la palidez y la sensación de «quedarse frío») y fluye
a la musculatura esquelética larga como las piernas, por
ejemplo- favoreciendo así la huida. Al mismo tiempo, el cuerpo
parece paralizarse, aunque sólo sea un instante, para calibrar,
tal vez, si el hecho de ocultarse pudiera ser una respuesta más
adecuada. Las conexiones nerviosas de los centros emocionales del
cerebro desencadenan también una respuesta hormonal que pone al
cuerpo en estado de alerta general, sumiéndolo en la inquietud y
predisponiéndolo para la acción, mientras la atención se fija
en la amenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta más
apropiada.
Uno de los principales cambios biológicos producidos por la
felicidad consiste en el aumento en la actividad de un centro
cerebral que se encarga de inhibir los sentimientos negativos y
de aquietar los estados que generan preocupación, al mismo
tiempo que aumenta el caudal de energía disponible. En este caso
no hay un cambio fisiológico especial salvo, quizás, una
sensación de tranquilidad que hace que el cuerpo se recupere
más rápidamente de la excitación biológica provocada por las
emociones perturbadoras. Esta condición proporciona al cuerpo un
reposo, un entusiasmo y una disponibilidad para afrontar
cualquier tarea que se esté llevando a cabo y fomentar también,
de este modo, la consecución de una amplia variedad de
objetivos.
El amor, los sentimientos de ternura y la satisfacción sexual
activan el sistema nervioso parasimpático (el opuesto
fisiológico de la respuesta de «lucha-o-huida» propia del
miedo y de la ira).
La pauta de reacción parasimpática ligada a la
«respuesta de relajación» engloba un amplio conjunto de
reacciones que implican a todo el cuerpo y que dan lugar a un
estado de calma y satisfacción que favorece la convivencia.
El arqueo de las cejas que aparece en los momentos de sorpresa
aumenta el campo visual y permite que penetre más luz en la
retina, lo cual nos proporciona más información sobre el
acontecimiento inesperado, facilitando así el descubrimiento de
lo que realmente ocurre y permitiendo elaborar, en consecuencia,
el plan de acción más adecuado.
El gesto que expresa desagrado parece ser universal y transmite
el mensaje de que algo resulta literal o metafóricamente
repulsivo para el gusto o para el olfato. La expresión facial de
disgusto ladeando el labio superior y frunciendo
ligeramente la nariz sugiere, como observaba Darwin, un
intento primordial de cerrar las fosas nasales para evitar un
olor nauseabundo o para expulsar un alimento tóxico.
La principal función de la tristeza consiste en ayudarnos a
asimilar una pérdida irreparable (como la muerte de un ser
querido o un gran desengaño). La tristeza provoca la
disminución de la energía y del entusiasmo por las actividades
vitales especialmente las diversiones y los placeres
y, cuanto más se profundiza y se acerca a la depresión, más se
enlentece el metabolismo corporal. Este encierro introspectivo
nos brinda así la oportunidad de llorar una pérdida o una
esperanza frustrada, sopesar sus consecuencias y planificar,
cuando la energía retorna, un nuevo comienzo. Esta disminución
de la energía debe haber mantenido tristes y apesadumbrados a
los primitivos seres humanos en las proximidades de su hábitat,
donde más seguros se encontraban.
Estas predisposiciones biológicas a la acción son modeladas
posteriormente por nuestras experiencias vitales y por el medio
cultural en que nos ha tocado vivir. La pérdi da de un ser
querido. por ejemplo, provoca universalmente tristeza y
aflicción, pero la forma en que expresamos esa aflicción -el
tipo de emociones que expresamos o que guardamos en la
intimidad es moldeada por nuestra cultura, como también lo
es, por ejemplo, el tipo concreto de personas que entran en la
categoría de «seres queridos» y que, por tanto, deben ser
llorados.
El largo período evolutivo durante el cual fueron moldeándose
estas respuestas fue, sin duda, el más crudo que ha
experimentado la especie humana desde la aurora de la historia.
Fue un tiempo en el que muy pocos niños lograban sobrevivir a la
infancia, un tiempo en el que menos adultos todavía llegaban a
cumplir los treinta años, un tiempo en el que los depredadores
podían atacar en cualquier momento, un tiempo, en suma, en el
que la supervivencia o la muerte por inanición dependían del
umbral impuesto por la alternancia entre sequías e inundaciones.
Con la invención de la agricultura, no obstante, las
probabilidades de supervivencia aumentaron radicalmente aun en
las sociedades humanas más rudimentarias. En los últimos diez
mil años, estos avances se han consolidado y difundido por todo
el mundo al mismo tiempo que las brutales presiones que pesaban
sobre la especie humana han disminuido considerablemente.
Estas mismas presiones son las que terminaron convirtiendo a
nuestras respuestas emocionales en un eficaz instrumento de
supervivencia pero, en la medida en que han ido desapareciendo,
nuestro repertorio emocional ha ido quedando obsoleto. Si bien,
en un pasado remoto, un ataque de rabia podía suponer la
diferencia entre la vida y la muerte, la facilidad con la que,
hoy en día, un niño de trece años puede acceder a una amplia
gama de armas de fuego ha terminado convirtiendo a la rabia en
una reacción frecuentemente desastrosa.
Nuestras dos mentes
Una amiga estuvo hablándome de su divorcio, un doloroso proceso
de separación. Su marido se había enamorado de una compañera
de trabajo y un buen día le anunció que quería irse a vivir
con ella. A aquel momento siguieron meses de amargos altercados
con respecto al hogar conyugal, el dinero y la custodia de los
hijos. Ahora, pocos meses más tarde, me hablaba de su autonomía
y de su felicidad. «Ya no pienso en él decía, con los
ojos humedecidos por las lágrimas eso es algo que ha
dejado de preocuparme.» El instante en que sus ojos se
humedecieron podía perfectamente haber pasado inadvertido para
mí, pero la comprensión empática (un acto de la mente
emocional) de sus ojos húmedos me permitió, más allá de las
palabras (un acto de la mente racional), percatarme claramente de
su evidente tristeza como si estuviera leyendo un libro abierto.
En un sentido muy real, todos nosotros tenemos dos mentes, una
mente que piensa y otra mente que siente, y estas dos formas
fundamentales de conocimiento interactúan para construir nuestra
vida mental. Una de ellas es la mente racional, la modalidad de
comprensión de la que solemos ser conscientes, más despierta,
más pensativa, más capaz de ponderar y de reflexionar. El otro
tipo de conocimiento, más impulsivo y más poderoso aunque
a veces ilógico, es la mente emocional (véase el
apéndice B para una descripción más detallada de los rasgos
característicos de la mente emocional).
La dicotomía entre lo emocional y lo racional se asemeja a la
distinción popular existente entre el «corazón» y la
«cabeza». Saber que algo es cierto «en nuestro corazón»
pertenece a un orden de convicción distinto de algún
modo, un tipo de certeza más profundo que pensarlo con la
mente racional. Existe una proporcionalidad constante entre el
control emocional y el control racional sobre la mente ya que,
cuanto más intenso es el sentimiento, más dominante llega a ser
la mente emocional.., y más ineficaz, en consecuencia, la mente
racional. Ésta es una configuración que parece derivarse de la
ventaja evolutiva que supuso disponer, durante incontables
ocasiones, de emociones e intuiciones que guiaran nuestras
respuestas inmediatas frente a aquellas situaciones que ponían
en peligro nuestra vida, situaciones en las que detenernos a
pensar en la reacción más adecuada podía tener consecuencias
francamente desastrosas.
La mayor parte del tiempo, estas dos mentes la mente
emocional y la mente racional operan en estrecha
colaboración, entrelazando sus distintas formas de conocimiento
para guiarnos adecuadamente a través del mundo. Habitualmente
existe un equilibrio entre la mente emocional y la mente
racional, un equilibrio en el que la emoción alimenta y da forma
a las operaciones de la mente racional y la mente racional ajusta
y a veces censura las entradas procedentes de las emociones. En
todo caso, sin embargo, la mente emocional y la mente racional
constituyen, como veremos, dos facultades relativamente
independientes que reflejan el funcionamiento de circuitos
cerebrales distintos aunque interrelacionados. En muchísimas
ocasiones, pues, estas dos mentes están exquisitamente
coordinadas porque los sentimientos son esenciales para el
pensamiento y lo mismo ocurre a la inversa.
Pero, cuando aparecen las pasiones, el equilibrio se rompe y la
mente emocional desborda y secuestra a la mente racional.
Erasmo, el humanista del siglo XVI, describió irónicamente
del siguiente modo esta tensión perenne entre la razón y la
emoción:
«Júpiter confiere mucha más pasión que razón, en una
proporción aproximada de veinticuatro a uno. El ha erigido dos
irritables tiranos para oponerse al poder solitario de la razón:
la ira y la lujuria. La vida ordinaria del hombre evidencia
claramente la impotencia de la razón para oponerse a las fuerzas
combinadas de estos dos tiranos. Ante ela, la razón hace lo
único que puede, repetir fórmulas virtuosas, mientras que las
otras dos se desgañitan, de un modo cada vez más ruidoso y
agresivo, exhortando a la razón a seguirlas hasta que finalmente
ésta, agotada, se rinde y se entrega.»
EL DESARROLLO DEL CEREBRO
Para comprender mejor el gran poder de las emociones sobre la
mente pensante y la causa del frecuente conflicto existente
entre los sentimientos y la razón consideraremos ahora la
forma en que ha evolucionado el cerebro. El cerebro del ser
humano, ese kilo y pico de células y jugos neurales, tiene un
tamaño unas tres veces superior al de nuestros primos
evolutivos, los primates no humanos. A lo largo de millones de
años de evolución, el cerebro ha ido creciendo desde abajo
hacia arriba, por así decirlo, y los centros superiores
constituyen derivaciones de los centros inferiores más antiguos
(un desarrollo evolutivo que se repite, por cierto, en el cerebro
de cada embrión humano).
La región más primitiva del cerebro, una región que
compartimos con todas aquellas especies que sólo disponen de un
rudimentario sistema nervioso, es el tallo encefálico, que se
halla en la parte superior de la médula espinal. Este cerebro
rudimentario regula las funciones vitales básicas, como la
respiración, el metabolismo de los otros órganos corporales y
las reacciones y movimientos automáticos. Mal podríamos decir
que este cerebro primitivo piense o aprenda porque se trata
simplemente de un conjunto de reguladores programados para
mantener el funcionamiento del cuerpo y asegurar la supervivencia
del individuo. Éste es el cerebro propio de la Edad de los
Reptiles, una época en la que el siseo de una serpiente era la
señal que advertía la inminencia de un ataque.
De este cerebro primitivo el tallo encefálico
emergieron los centros emocionales que, millones de años más
tarde, dieron lugar al cerebro pensante o
«neocórtex» ese gran bulbo de tejidos replegados sobre
sí que configuran el estrato superior del sistema nervioso. El
hecho de que el cerebro emocional sea muy anterior al racional y
que éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las
auténticas relaciones existentes entre el pensamiento y el
sentimiento.
La raíz más primitiva de nuestra vida emocional radica en el
sentido del olfato o, más precisamente, en el lóbulo olfatorio,
ese conglomerado celular que se ocupa de registrar y analizar los
olores. En aquellos tiempos remotos el olfato fue un órgano
sensorial clave para la supervivencia, porque cada entidad viva,
ya sea alimento, veneno, pareja sexual, predador o presa, posee
una identificación molecular característica que puede ser
transportada por el viento.
A partir del lóbulo olfatorio comenzaron a desarrollarse los
centros más antiguos de la vida emocional, que luego fueron
evolucionando hasta terminar recubriendo por completo la parte
superior del tallo encefálico. En esos estadios rudimentarios,
el centro olfatorio estaba compuesto de unos pocos estratos
neuronales especializados en analizar los olores. Un estrato
celular se encargaba de registrar el olor y de clasificarlo en
unas pocas categorías relevantes (comestible, tóxico,
sexualmente disponible, enemigo o alimento) y un segundo estrato
enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso
ordenando al cuerpo las acciones que debía llevar a cabo (comer,
vomitar, aproximarse, escapar o cazar).
Con la aparición de los primeros mamíferos emergieron también
nuevos estratos fundamentales en el cerebro emocional. Estos
estratos rodearon al tallo encefálico a modo de una rosquilla en
cuyo hueco se aloja el tallo encefálico. A esta parte del
cerebro que envuelve y rodea al tallo encefálico se le denominó
sistema «límbico», un término derivado del latín limbus, que
significa «anillo». Este nuevo territorio neural agregó las
emociones propiamente dichas al repertorio de respuestas del
cerebro.
Cuando estamos atrapados por el deseo o la rabia, cuando el amor
nos enloquece o el miedo nos hace retroceder, nos hallamos, en
realidad, bajo la influencia del sistema límbico.
La evolución del sistema límbico puso a punto dos poderosas
herramientas: el aprendizaje y la memoria, dos avances realmente
revolucionarios que permitieron ir más allá de las reacciones
automáticas predeterminadas y afinar las respuestas para
adaptarlas a las cambiantes exigencias del medio, favoreciendo
así una toma de decisiones mucho más inteligente para la
supervivencia. Por ejemplo, si un determinado alimento conducía
a la enfermedad, la próxima vez seria posible evitarlo.
Decisiones como la de saber qué
ingerir y qué expulsar de la boca seguían todavía
determinadas por el olor y las conexiones existentes entre el
bulbo olfatorio y el sistema límbico, pero ahora se enfrentaban
a la tarea de diferenciar y reconocer los olores, comparar el
olor presente con los olores pasados y discriminar lo bueno de lo
malo, una tarea llevada a cabo por el «rinencéfalo» que
literalmente significa «el cerebro nasal» una parte del
circuito limbico que constituye la base rudimentaria del
neocórtex, el cerebro pensante.
Hace unos cien millones de años, el cerebro de los mamíferos
experimentó una transformación radical que supuso otro
extraordinario paso adelante en el desarrollo del intelecto, y
sobre el delgado córtex de dos estratos se asentaron los nuevos
estratos de células cerebrales que terminaron configurando el
neocórtex (la región que planifica, comprende lo que se siente
y coordina los movimientos).
El neocórtex del Homo sapiens, mucho mayor que el de cualquier
otra especie, ha traído consigo todo lo que es
característicamente humano. El neocórtex es el asiento del
pensamiento y de los centros que integran y procesan los datos
registrados por los sentidos. Y también agregó al sentimiento
nuestra reflexión sobre él y nos permitió tener sentimientos
sobre las ideas, el arte, los símbolos y las imágenes.
A lo largo de la evolución, el neocórtex permitió un ajuste
fino que sin duda habría de suponer una enorme ventaja en la
capacidad del individuo para superar las adversidades, haciendo
más probable la transmisión a la descendencia de los genes que
contenían la misma configuración neuronal. La supervivencia de
nuestra especie debe mucho al talento del neocórtex para la
estrategia, la planificación a largo plazo y otras estrategias
mentales, y de él proceden también sus frutos más maduros: el
arte, la civilización y la cultura.
Este nuevo estrato cerebral permitió comenzar a matizar la vida
emocional. Tomemos, por ejemplo, el amor. Las estructuras
límbicas generan sentimientos de placer y de deseo sexual (las
emociones que alimentan la pasión sexual) pero la aparición del
neocórtex y de sus conexiones con el sistema limbico permitió
el establecimiento del vinculo entre la madre y el hijo,
fundamento de la unidad familiar y del compromiso a largo plazo
de criar a los hijos que posibilita el desarrollo del ser humano.
En las especies carentes de neocórtex como los reptiles,
por ejemplo el afecto materno no existe y los recién
nacidos deben ocultarse para evitar ser devorados por la madre.
En el ser humano, en cambio, los vínculos protectores entre
padres e hijos permiten disponer de un proceso de maduración que
perdura toda la infancia, un proceso durante el cual el cerebro
sigue desarrollándose.
A medida que ascendemos en la escala filogenética que conduce de
los reptiles al mono rhesus y, desde ahí, hasta el ser humano,
aumenta la masa neta del neocórtex, un incremento que supone
también una progresión geométrica en el número de
interconexiones neuronales. Y además hay que tener en cuenta
que, cuanto mayor es el número de tales conexiones, mayor es
también la variedad de respuestas posibles. El neocórtex
permite, pues, un aumento de la sutileza y la complejidad de la
vida emocional como, por ejemplo, tener sentimientos sobre
nuestros sentimientos. El número de interconexiones existentes
entre el sistema límbico y el neocórtex es superior en el caso
de los primates al del resto de las especies, e infinitamente
superior todavía en el caso de los seres humanos; un dato que
explica el motivo por el cual somos capaces de desplegar un
abanico mucho más amplio de reacciones y de matices
ante nuestras emociones. Mientras que el conejo o el mono rhesus
sólo dispone de un conjunto muy restringido de respuestas
posibles ante el miedo, el neocórtex del ser humano, por su
parte, permite un abanico de respuestas mucho más maleable, en
el que cabe incluso llamar al 911. Cuanto más complejo es el
sistema social, más fundamental resulta esta flexibilidad; y no
hay mundo social más complejo que el del ser humano. Pero
el hecho es que estos centros superiores no gobiernan la
totalidad de la vida emocional porque, en los asuntos decisivos
del corazón y, más especialmente, en las situaciones
emocionalmente críticas, bien podríamos decir que delegan
su cometido en el sistema limbico. Las ramificaciones nerviosas
que extendieron el alcance de la zona limbica son tantas, que el
cerebro emocional sigue desempeñando un papel fundamental en la
arquitectura de nuestro sistema nervioso. La región emocional es
el sustrato en el que creció y se desarrolló nuestro nuevo
cerebro pensante y sigue estando estrechamente vinculada con él
por miles de circuitos neuronales. Esto es precisamente lo que
confiere a los centros de la emoción un poder extraordinario
para influir en el funcionamiento global del cerebro (incluyendo,
por cierto, a los centros del pensamiento).